Alfredo Guttero
(1882 - 1932)



Retrato del pintor Victorica, 1929
yeso cocido sobre aglomerado- 128,5 x 105 cm
Firmado y fechado en el ángulo inferior izquierdo.
Ingresó en 1929. Donación de Rosa Tiscornia de Castagnino.



A partir del regreso al país de los artistas formados en los talleres parisinos durante las décadas de 1920 y 1930, se produjo una renovación artística local. Comenzó a decaer el interés por el Impresionismo y se incrementó el dispensado hacia los movimientos modernistas europeos de los primeros decenios del siglo. Quienes encabezaron esa tendencia se interesaron por el Fauvismo y el Cubismo, sobre todo por la obra de Paul Cézanne.
Hijo de un padre arquitecto, Guttero nació en Buenos Aires, en 1882. Realizó un breve paso por la Facultad de Derecho y estudió música en el Conservatorio Alberto Williams. En 1904, gracias a una beca obtenida por la mediación de Eduardo Schiaffino y Martín Malharro, viajó a París donde se estableció durante 23 años. Allí, estudió con Maurice Denis y hasta 1914 se dedicó casi exclusivamente a la figura y al retrato. Desde la capital francesa, envió su obra a la Exposición del Centenario de 1910, obteniendo una Mención de Honor por Busto de mujer. Luego, el artista se radicó en España, instalándose en Italia entre 1921 y 1924. En esa ciudad ejecutó pinturas-mural por encargo y terminó su formación en contacto con el rigor florentino del Quattrocento y del Cinquecento. También se interesó por el simbolismo del Jugendstil y por el retorno al orden, tendencia que tomó elementos de las vanguardias para cultivar la figuración.
Guttero se radicó en Buenos Aires en 1927 y se convirtió en un activo protagonista del arte argentino de vanguardia. Durante cinco años se dedicó a recorrer la ciudad y el puerto, los cuales se transformaron en objeto de sus obras. Siempre de tinte figurativo, a los paisajes urbanos se sumaron temáticas como los retratos y las estampas religiosas. Sus composiciones de carácter despojado y colosal se fundaron en el uso de planos simples, ritmos envolventes y una notoria síntesis general.
Más allá del motivo, la sensibilidad de la producción realizada en esa época radica en la textura lograda a partir de la técnica del yeso cocido. Mediante la misma, el artista evocó la pintura mural que había visto y desarrollado en Europa, al mismo tiempo que actualizó los principios clásicos eternos.
Retrato del pintor Victorica es un claro ejemplo de ello. Allí, la figura de su amigo se encuentra representada en dimensiones monumentales, donde lo pictórico se une con lo escultórico. Por el contrario, el pequeño paisaje industrial representado en el fondo se da lugar en el espacio del cuadro como una cita tradicional a la pintura italiana de retratos.
Siempre desde la tradición, Guttero ha sabido elaborar un nuevo lenguaje basado en la austeridad, la depuración de las formas, el rigor estructural y la síntesis. Situación que lo definió como un pintor moderno.
Además de la actividad pictórica, en 1929 intervino como jurado en el XI Salón de Rosario. Creó un nuevo salón, más tarde conocido como Salón de Artistas Modernos en Buenos Aires, en cuyas tres ediciones anuales expusieron diversos plásticos que integraron la nueva generación artística del país. Entre ellos, Xul Solar, Emilio Petorutti, Pedro Figari, Juan del Prete, Miguel Victorica, Lino Enea Spilimbergo, Horacio Butler y Hector Basaldúa.
En los primeros años de la década del 30, junto con Raquel Forner y a Alfredo Bigatti, organizó el Taller Libre, espacio donde se dictaron cursos libres de arte plástico. También presentó un texto-manifiesto titulado Nuevas teorías en la enseñanza artística.
Expuso sus obras en Argentina, Italia, Francia y Alemania.
Además, participó en la Bienal de Venecia de 1924.
Obtuvo distinciones como Primer Premio, X Salón de Otoño, Rosario 1928, y Premio de Pintura, Salón Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires 1929.
Murió en Buenos Aires, en 1932.
En octubre de 1933 se realizó en las Salas Nacionales, una exposición-homenaje donde se reunieron 211 obras del autor.